Un concierto en blanco y negro. El pasado 18 de abril teníamos una cita con la nostalgia. BARÓN ROJO y OBÚS, los dos grandes clásicos del heavy metal patrio, compartían escenario en una noche que prometía hacernos revivir nuestros años mozos. Y así fue. Eso sí, con un cierto sabor agridulce que, aunque esperado, no evita que nos deje un pellizco por ahí dentro. Y es que los años no pasan en balde para nadie…

Volvíamos al cada vez más frecuentado para este tipo de eventos Palacio de Congresos de León. Tocaba otro concierto “grande” a los que nos estamos empezando a acostumbrar por estos lares. Todavía resonaban en la ciudad los ecos del Primavera Rock Fest y ya nos metíamos en otro sarao. Por desgracia parece que la oferta no se ajusta a la demanda y aunque en el mencionado festi podríamos calificar la asistencia de “decente”, en esta ocasión tenemos que dejarla en “escasa”. Probablemente la coincidencia de fútboles varios y otros eventos deportivos afectaron a la entrada. No más allá de 500 personas, siendo generosos, acudían a la cita.

Aún así, el ambiente era cálido. Caras conocidas por doquier. Casi toda la vieja guardia acudía a la cita. Tanto era así que el negro de las camisetas y chupas contrastaba con el pelo cano que lucimos ya la mayoría. Reunión de pelícanos, como me diría en una ocasión el gran Oscar Sancho (aprovecho la mención para enviar un sentido riff allá dónde pueda oírlo al Chepas. DEP.). Concierto en blanco y negro. La media de edad evidentemente era talludita. Y no quiero decir aquello de que no hay relevo. Lo hay, pero está en otros sitios. Este tipo de conciertos ya queda para los nostálgicos. Esa nostalgia que puede con todo y que es capaz de perdonar (o no) la huella que el paso del tiempo va dejando en los protagonistas de la noche. Entremos en detalles.

Estricta puntualidad en el arranque de BARÓN. A las 9 en punto empezaba a sonar la intro y saltaban a escena los hermanos De Castro con sus escuderos, Jose Luis Morán al bajo y Rafa Díaz a la batería. El escueto escenario solo mostraba amplificadores y la batería resguardada por la típica mampara transparente para atenuar su sonido en el resto del escenario. Con un juego de luces que, aunque correcto, se nos hacía escaso, la sensación durante todo el concierto fue de frialdad en lo visual y falta de vistosidad, más aún si lo comparamos con el despliegue que mostraron minutos después sus compañeros de tablas.

El sonido, aunque en los primeros temas quizá un poco embarullado por los graves, fue bueno, sobre todo a partir de “Tierra de nadie”, casi ya cerca de mediado el show. Nítido (a excepción de en las primeras filas, como suele ser habitual), con todos los instrumentos presentes y predominancia de las voces. Y aquí vienen los problemas. Instrumentalmente poco hay que reprochar (salvo la estética de las guitarras de los hermanos, volveremos a este punto) pero, como ya viene siendo habitual en estos últimos años, el apartado vocal del BARÓN deja mucho que desear. Y eso que Carlos no tuvo una de sus peores noches. Que te guste más o menos su característico vibrato ya es otra cuestión, personalmente no me agrada precisamente. Pero el principal problema se presentaba cuando se doblaban voces o en los coros. Estuvieron fuera de tono y de sitio durante la mayoría de los temas, te sacaban de las canciones y echaban abajo la labor tras los instrumentos, que como comento, fue más que correcta. Una pena. La nostalgia perdona y sobre todo entiende de la huella que deja el paso del tiempo. Pero hay errores que son difíciles de entender y perdonar.

Aún así no dejamos de corear los grandes clásicos enlazados uno tras otro en el momento álgido del concierto. “Incomunicación”, “Concierto para ellos”, “Los rockeros van al infierno”, “Cuerdas de acero”… Y hablando de esta última, como sabéis dedicada a la guitarra y que a todos los que disfrutamos de este instrumento nos toca la patata, parece que a Armando se le ha olvidado aquello de “Alma de hierro en formas de mujer”. Imperdonable. El heavy metal, como todos los estilos, tiene sus códigos estéticos y a uno le duelen los ojos viendo la minimalista guitarra que usa Armando. Tampoco las Fender Jazzmaster de Carlos son las típicas del estilo pero aún tienen un pase. Sé que puede parecer frívolo y que lo importante es que suenen bien (que lo hacen) pero lo visual tiene su peso y también importa.

Avanzaba el concierto y con “Hijos de Caín” cerraban el concierto tras hora y media exacta sin bises y dejando apresuradamente el escenario para proceder al cambio de bártulos. Jugar el partido como telonero es lo que tiene.

Pocos minutos después de las 11 y con un escenario ya más acorde en lo visual a lo que se espera de un concierto de este calado, arrancaba OBÚS con “Necesito más”. Telón trasero con el logo de la banda y dos biombos laterales con grandes calaveras, humo y unas luces más vistosas nos habían trasportado a otro concierto en otra sala en cuestión de minutos.

El sonido seguía a un gran nivel, en esta ocasión ya desde el primer momento, con la guitarra de Paco Laguna llenando el Palacio de Congresos con un tono espectacular. La batería de Carlos Mirat fue una locomotora durante todo el concierto. Fernando Montesinos cumplía con su labor al bajo, sobre todo con su actitud y energía. Y Fortu salió pletórico. Mantiene un nivel vocal muy aceptable para sus 72 tacos. Aunque también el paso de los años dejaría su huella en la segunda parte del concierto. Durante la primera hora del set fue cayendo un tema tras otro, predominando sus clásicos, a buen ritmo. El respetable la estaba gozando. Pero a partir de “Dinero, dinero” los temas empezaron a alargarse enormemente, en ocasiones dando juego con interacciones con el respetable (a destacar el momento móviles con el público participando activamente) pero en otras muchas haciendo que el ritmo del concierto se viniera abajo, celebración de cumpleaños de Fortu con su nieta en el escenario incluida. La garganta del frontman necesitaba descanso. La nostalgia de nuevo perdonando (esta vez sí, ya que no se apreciaron fallos destacables) y entendiendo que la vida pasa. Pero aún así fue inevitable que el ritmo del concierto se resintiera.

Con “Vamos muy bien” y despliegue de confetis y serpentinas remataron el concierto. En esta ocasión sí hubo bis. “Autopista” y “Solo lo hago en mi moto” cerraron la noche por todo lo alto tras algo más de hora y media de show.

No estuvo mal esta noche de vuelta a los inicios de la mayoría de los presentes. Un poco de nostalgia de la buena siempre viene bien. Pero vuelvo a pensar en ese pellizco que te queda en tus adentros que te recuerda aquello del “tempus fugit” y que te hace pensar que no es bueno ir contra natura y que cuando las cosas ya no son como eran posiblemente sea mejor no removerlas. Quizá una retirada a tiempo… Por buenas bandas para recoger el relevo no será. En fin.
Agradecimientos a Artisti-k por las facilidades para cubrir el evento, aunque nos sigan teniendo en vilo con la edición de este año del Lion Rock Fest…. Pero parece que en breve tendremos buenas noticias al respecto. Manténganse a la escucha!
Crónica: José Triskel
Fotografías: Mar Fuertes
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